Sábado, 5 de Septiembre del 2026

El Atleta de los Límites. Vida, Visión y Legado de Peter Habeler

El Atleta de los Límites. Vida, Visión y Legado de Peter Habeler

El hombre que expandió los horizontes humanos

En la historia del alpinismo existen ascensiones que representan grandes dificultades técnicas y otras que modifican para siempre la manera de entender lo que un ser humano puede hacer en la montaña.

El 8 de mayo de 1978 ocurrió una de estas últimas. Reinhold Messner y Peter Habeler alcanzaron la cumbre del Everest sin utilizar oxígeno suplementario, demostrando que era posible llegar a los 8.848 metros respirando únicamente el aire de la montaña. Hasta entonces, muchos especialistas y alpinistas consideraban que semejante empresa podía resultar incompatible con la supervivencia humana.

Pero reducir la trayectoria de Peter Habeler a aquella jornada sería una profunda injusticia.

Antes del Everest ya había construido una carrera extraordinaria en las grandes paredes de los Alpes y en la escalada en roca. Había desarrollado una concepción de la montaña basada en la ligereza, la velocidad y la autonomía; había llevado el estilo de los escaladores europeos hasta las grandes paredes de Yosemite y, junto a Messner, había contribuido decisivamente a trasladar ese espíritu al Himalaya y al Karakórum.

Después del Everest continuó ascendiendo algunas de las montañas más difíciles del planeta y completó cinco ochomiles a lo largo de su carrera.

Pero quizá su legado más profundo no esté en la cantidad de cumbres, sino en una determinada manera de acercarse a ellas: con poco peso, con preparación, con confianza en el compañero y con el convencimiento de que la montaña no es un enemigo que deba ser vencido.

Infancia en el Zillertal: el despertar de una pasión vertical (1942–1955)

Peter Habeler nació el 22 de julio de 1942 en Mayrhofen, en el valle del Zillertal, Tirol austríaco.

Perdió a su padre siendo niño y fue su abuelo quien lo alentó a acercarse a las montañas. Desde muy pequeño recorrió libremente las cumbres de su entorno y comenzó a ascender algunos de los grandes picos del Zillertal, entre ellos el Olperer.

Uno de los personajes fundamentales de aquellos primeros años fue Toni Volgger, un guía de montaña local que conoció cuando tenía aproximadamente diez u once años. De él aprendió las primeras técnicas propiamente alpinísticas.

La montaña dejó de ser entonces solamente el paisaje cotidiano de su infancia y comenzó a convertirse en una actividad consciente, técnica y exigente.

Adolescencia y formación, el pulido del escalador tirolés (1955–1963)

La evolución de Habeler fue extraordinariamente rápida. Durante su adolescencia comenzó a enfrentarse a dificultades cada vez mayores en las paredes del Zillertal.

En 1962, cuando apenas tenía veinte años, realizó junto a Sepp Kreidel la primera ascensión del espolón suroeste de la Reichenspitze, de 3.303 metros. La vía, graduada en torno al VI grado UIAA, era considerada una de las escaladas libres más exigentes de su época en el Zillertal y no volvió a repetirse hasta 2003.

Un año después, en 1963, conoció a Sepp Mayerl, una figura importante en su formación alpina. Junto a él realizó algunas de las grandes escaladas clásicas de los Alpes y las Dolomitas, entre ellas vías asociadas a nombres fundamentales de la escalada italiana como Emilio Comici, Riccardo Vinatzer y otras rutas consideradas entonces entre las más difíciles de los Alpes orientales.

Habeler no tardó en convertir aquella pasión en profesión. En 1965 obtuvo la titulación de guía de montaña y, al año siguiente, ingresó en el equipo de formación de instructores de esquí de Austria.

Su formación profesional consolidó dos cualidades que marcarían toda su trayectoria: una extraordinaria capacidad técnica y una enorme velocidad de movimiento en la montaña.

Primeros grandes éxitos y el salto internacional (1963–1970)

Durante la segunda mitad de los años sesenta, Habeler amplió su actividad por los grandes macizos de los Alpes.

En 1967, junto a su compatriota Michl Meier, fue invitado por la ENSA —la prestigiosa escuela francesa de alpinismo de Chamonix—. Durante aquella visita realizaron, entre otras actividades, la repetición de la vía Bonatti-Gobbi en el Grand Pilier d'Angle y del Pilier Central del Frêney, en el Mont Blanc. Esta etapa confirmó que Habeler ya pertenecía a la élite de los escaladores de su generación.

Pero su evolución no se limitó a los Alpes.

Enseñando esquí en Jackson Hole, Wyoming, entró en contacto con algunos de los principales escaladores estadounidenses de la época, entre ellos Yvon Chouinard, Royal Robbins y Chuck Pratt. Aquellos encuentros lo acercaron al universo de las grandes paredes de Yosemite y a una concepción de la escalada en la que la ligereza, la eficiencia y la capacidad técnica adquirían una importancia decisiva.

En 1970, junto al británico Doug Scott, realizó la duodécima ascensión de la Salathé Wall, en El Capitán, Yosemite.

No fue la primera ascensión de la vía, como se ha afirmado algunas veces, sino la duodécima. Su importancia histórica fue otra: Habeler se convirtió en el primer europeo en escalar una gran pared de El Capitán. Aquella experiencia demostró que la escuela europea podía medirse con la revolución técnica que estaba desarrollándose en Yosemite.

Messner y Habeler: una sociedad que cambió el alpinismo (1965–1977)

Peter Habeler conoció a Reinhold Messner en 1965.

Ambos encontraron rápidamente una extraordinaria afinidad. Los unía una enorme ambición alpinística y una admiración común por figuras como Hermann Buhl y Walter Bonatti, pero también una concepción semejante de la montaña: menos material, menos infraestructura y mayor protagonismo del propio escalador.

En 1969 llegó una de sus primeras grandes aventuras juntos en los Andes peruanos.

Habeler y Messner ascendieron el Yerupajá Chico, de 6.121 metros, y antes habían intentado alcanzar el cercano Yerupajá Grande, de 6.635 metros. Allí tuvieron que abandonar a pocos metros de la cumbre debido a la mala calidad de la roca, después de haber abierto una nueva y extremadamente difícil línea por la cara este y la arista este de la montaña.

Aquella experiencia fue importante no solamente por las cumbres alcanzadas, sino porque confirmó que ambos podían trabajar juntos en un estilo de escalada rápido, ligero y autónomo.

El Eiger

En agosto de 1974, después de una rápida ascensión de la cara norte del Cervino, Messner y Habeler dirigieron su atención hacia la Pared Norte del Eiger, una de las grandes paredes clásicas de los Alpes.

La escalaron en aproximadamente diez horas, estableciendo en aquel momento un nuevo récord para una cordada en la ruta. El récord anterior era de dieciocho horas y había sido establecido en 1950; no sería superado hasta 2004, cuando Stephan Siegrist y Ueli Steck completaron la pared en nueve horas.

La importancia de aquella ascensión fue mucho mayor que el número registrado por el cronómetro. Habeler y Messner demostraban que una gran pared podía abordarse de una manera radicalmente diferente: menos peso, mayor velocidad y menor tiempo de exposición a los peligros objetivos.

Ese concepto sería fundamental pocos meses después, cuando trasladaran la misma filosofía a las montañas de más de 8.000 metros.

Gasherbrum I

En 1975, Habeler y Messner viajaron al Karakórum para intentar el Gasherbrum I, también conocido como Hidden Peak, de 8.068 metros.

La ascensión se convirtió en un acontecimiento histórico: fue la primera ascensión de un ochomil realizada en auténtico estilo alpino. La cordada llevó a las grandes alturas una concepción de la escalada basada en la autonomía, la velocidad y la reducción de infraestructura que hasta entonces se asociaba fundamentalmente con las grandes paredes alpinas.

La experiencia demostró que el estilo alpino podía trasladarse a las grandes montañas del Himalaya y del Karakórum.

Pero todavía quedaba una pregunta mucho más difícil.

¿Era posible hacer lo mismo en el Everest sin utilizar oxígeno suplementario?

El Everest sin oxígeno suplementario (1978)

En 1978, Habeler y Messner formaron parte de la expedición austríaca dirigida por Wolfgang Nairz al Everest, por la vertiente nepalí.

El objetivo de ambos era diferente del de buena parte de la expedición: querían intentar la cumbre sin utilizar oxígeno suplementario.

Para Habeler no se trataba de una decisión sencilla. Acababa de convertirse en padre y, según recordó posteriormente, tenía dudas mayores que Messner respecto de las consecuencias físicas de la empresa. Los especialistas habían advertido de los posibles efectos graves de la hipoxia extrema y existía un auténtico debate sobre si el cuerpo humano podía soportar el esfuerzo necesario para alcanzar la cumbre del Everest sin oxígeno suplementario.

Durante la expedición, Habeler sufrió además un fuerte trastorno gastrointestinal que obligó a interrumpir temporalmente su aclimatación.

Finalmente, las dudas quedaron atrás.

El 8 de mayo de 1978, Peter Habeler y Reinhold Messner alcanzaron juntos la cumbre del Everest sin utilizar oxígeno suplementario.

Habían demostrado algo que hasta entonces parecía, para muchos, estar en el límite de lo fisiológicamente posible: un ser humano podía alcanzar la cima del Everest respirando únicamente el aire de la montaña.

La clave de su estrategia no estuvo en combatir la altura mediante una enorme infraestructura, sino en todo lo contrario: viajar ligeros, llevar poco peso, avanzar lentamente y confiar en la capacidad de adaptación del cuerpo y en la experiencia adquirida durante años de escalada.

La ascensión convirtió a ambos en figuras de dimensión internacional.

Y también cambió para siempre su relación.

El Everest, el libro y la ruptura de la cordada

El regreso a Europa estuvo acompañado por una enorme exposición pública. La ascensión sin oxígeno del Everest trascendió rápidamente el ámbito estrictamente alpinístico y convirtió a Habeler y Messner en protagonistas de entrevistas, libros, conferencias y medios de comunicación.

Habeler publicó en 1978 su propio relato de la expedición, Der einsame Sieg, conocido en español como Victoria en solitario. El libro apareció mientras todavía estaba muy reciente el impacto de la ascensión.

El libro fue un punto de fricción importante entre ambos.

Messner no sabía que Habeler estaba escribiendo el libro y, cuando apareció, se mostró molesto. Según una reseña contemporánea de la biografía de Messner publicada en el Himalayan Journal, Messner manifestó su enojo y dejó claro que Habeler no sería incluido en sus futuros proyectos.

La cuestión no fue solamente literaria. El relato de Habeler presentaba su propia experiencia del Everest, sus dudas y su relación con Messner desde su propia perspectiva. La publicación contribuyó a generar un conflicto entre dos hombres que hasta entonces habían funcionado como una unidad extraordinariamente compenetrada.

A esto se sumó la enorme presión mediática y el hecho de que, después del Everest, sus caminos profesionales comenzaron a separarse. Messner decidió continuar con su proyecto de los catorce ochomiles; Habeler, en cambio, optó por regresar durante un tiempo a su familia y a su actividad profesional en el Zillertal. El propio Habeler, décadas después, prefirió no entrar en detalles sobre las razones íntimas de aquella ruptura.

Pero el resultado fue claro: la cordada se quebró después del Everest.

Cada cual siguió su camino.

Lo importante es que aquella separación no borró la magnitud de lo que habían construido juntos.

El Himalaya y las grandes montañas de América

Después de la ruptura con Messner, Habeler continuó desarrollando una intensa actividad.

En 1980 ascendió el Denali, entonces conocido también como Mount McKinley, en Alaska.

En 1984 realizó un intento al K2, aunque no alcanzó la cumbre.

En 1985 llegó a la cima del Nanga Parbat junto a Michl Dacher. Al año siguiente alcanzó el Cho Oyu con Marcel Rüedi, y en 1988 protagonizó junto a Carlos Buhler y Martín Zabaleta la extraordinaria ascensión del Kangchenjunga por su cara norte.

El Kangchenjunga sería especialmente importante para Habeler.

La expedición estuvo marcada por condiciones extremadamente difíciles. Después de alcanzar la cumbre, una tormenta separó temporalmente a los integrantes del equipo. Buhler sufrió congelaciones en los pies y Zabaleta comenzó a toser sangre. Durante el descenso, Habeler tuvo que localizar nuevamente una cuerda fija que había quedado enterrada bajo la nieve, mientras avalanchas habían destruido algunos de los campamentos superiores.

Años después, Habeler recordaría aquella expedición como una de las experiencias más profundas de toda su carrera y señalaría al Kangchenjunga como la montaña más difícil que había escalado.

Nuevos intentos en el Everest

El Everest siguió formando parte de la vida de Habeler.

En 1990 realizó otro intento y alcanzó aproximadamente los 8.300 metros antes de retirarse debido a una neumonía.

Diez años después volvió a intentarlo.

En 2000, a los 58 años, emprendió nuevamente el ascenso sin oxígeno suplementario. Durante el intento sufrió un edema pulmonar importante en el Collado Sur, lo que lo obligó a abandonar la ascensión y descender. Habeler recordó posteriormente que aquella experiencia confirmó la necesidad de saber cuándo retirarse de una montaña.

No volvería a intentar la cumbre del Everest.

David Lama y el regreso al Eiger (2017)

Una de las relaciones más significativas de la última etapa de Habeler fue la que mantuvo con David Lama.

Lama, nacido en 1990, comenzó a escalar desde muy pequeño. Habeler conoció sus capacidades cuando era todavía un niño y alentó sus ambiciones alpinísticas desde una edad temprana. La relación se desarrolló durante años, hasta convertirse en una de las conexiones intergeneracionales más conocidas del alpinismo austríaco.

Habeler pertenecía a una generación que había transformado el alpinismo y Lama representaba una nueva generación capaz de llevar aquella búsqueda técnica y estética hacia terrenos todavía más difíciles.

En 2017, ambos volvieron juntos a la Pared Norte del Eiger.

Habeler tenía casi 75 años.

Y volvió a completar la pared en una sola jornada.

Más de cuatro décadas después de aquella primera ascensión con Messner, regresaba al mismo escenario acompañado por un escalador de una generación completamente diferente.

Era una imagen perfecta de continuidad: el mismo Habeler que había ayudado a acelerar la escalada alpina en los años setenta seguía moviéndose por la montaña cuando muchos de sus contemporáneos ya habían abandonado la actividad.

La historia tendría, sin embargo, un desenlace doloroso.

En 2019, David Lama murió en una avalancha en las Montañas Rocosas canadienses, junto a los alpinistas Hansjörg Auer y Jess Roskelley.

El Piolet d'Or a la trayectoria (2026)

En 2026, los Piolets d'Or anunciaron que Peter Habeler recibiría el Piolet d'Or Lifetime Achievement, Walter Bonatti Award, también denominado Piolet d'Or Carrière, el reconocimiento a la trayectoria que distingue a figuras cuya carrera ha influido profundamente en las generaciones posteriores.

El reconocimiento ya fue anunciado, pero la ceremonia de Los Piolets d'Or 2026 está programada para realizarse del 21 al 25 de octubre en Saint-Christophe-en-Oisans y La Bérarde, en Francia.

Habeler será el decimoctavo destinatario del Piolet d'Or Carrière, un reconocimiento que anteriormente recibieron figuras como Walter Bonatti, Reinhold Messner, Doug Scott y Kurt Diemberger.

La elección resulta especialmente significativa porque el espíritu de los Piolets d'Or está estrechamente relacionado con muchos de los principios que Habeler defendió durante toda su carrera: innovación, compromiso, autonomía, estilo alpino y la búsqueda de hacer más con menos.

El legado de un espíritu ligero

Peter Habeler no fue el alpinista que acumuló más ochomiles.

Tampoco fue solamente el hombre que alcanzó el Everest sin oxígeno.

Su importancia histórica reside en haber formado parte de una transformación mucho más profunda.

En las paredes de los Alpes, en El Capitán, en el Gasherbrum I y finalmente en el Everest, Habeler ayudó a demostrar que la velocidad, la ligereza y la autonomía podían convertirse en herramientas fundamentales para reducir la exposición a los peligros de la montaña.

Junto a Messner llevó esa concepción hasta los 8.000 metros. Después continuó desarrollándola por su cuenta, demostrando que su trayectoria no dependía de una sola cordada ni de una sola hazaña.

Su carrera reúne grandes paredes, cinco ochomiles, intentos fallidos, regresos, compañeros de distintas generaciones y una permanencia excepcional en la montaña.

Pero hay algo que atraviesa toda esa historia.

Habeler nunca pareció entender la montaña como un enemigo.

Quizá por eso, después de más de seis décadas de actividad, la frase con la que resume su relación con ella resulta mucho más poderosa que cualquier lista de cumbres:

«Puede sonar tonto y fuera de lugar, pero así fue entonces y lo sigue siendo ahora. La montaña siempre ha sido mi amiga, nunca mi enemiga».