Alpinismo, Andinismo, Himalayismo o simplemente Montañismo: ¿de qué estamos hablando?
En el mundo de la montaña ocurre algo particularmente interesante con cuatro términos: montañismo, alpinismo, andinismo e himalayismo.
¿Son sinónimos? ¿Describen actividades diferentes? ¿Alpinismo es realmente el nombre general de la actividad? ¿Un montañista que asciende una montaña de los Andes hace alpinismo o andinismo? ¿Y qué ocurre con quien escala en el Himalaya?
La respuesta no es tan sencilla como suele presentarse.
Montañismo: el concepto más amplio
Si buscamos una palabra que pueda reunir las distintas formas de actividad desarrolladas en las montañas, montañismo es probablemente la más apropiada.
La palabra no está ligada a una cordillera determinada. Permite hablar de la actividad montañística en los Alpes, los Andes, el Himalaya, el Karakórum, Alaska o cualquier otra región montañosa.
Pero tampoco conviene convertirla en una palabra que abarque absolutamente todo lo que puede hacerse en una montaña. El universo de las actividades de montaña es muy amplio y comprende desde el senderismo y el excursionismo hasta la escalada, las ascensiones de alta montaña y las expediciones.
La propia UIAA -Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo- utiliza actualmente mountaineering como una categoría amplia que comprende diferentes formas de actividad de montaña, y señala expresamente que dentro de ella se encuentran tanto la escalada de carácter alpino como formas extremas de alpinismo de altura y de expedición en grandes cordilleras como los Andes y el Himalaya.
Por eso, si queremos utilizar un término general, montañismo resulta el más inclusivo y geográficamente neutral.
Pero entonces aparece la pregunta inevitable:
¿Por qué existe la palabra alpinismo y por qué terminó teniendo un uso internacional?
Alpinismo: una palabra que nació en los Alpes
Aquí está el origen de buena parte de la confusión.
Alpinismo nació como una denominación vinculada a los Alpes.
No porque los Alpes fueran las únicas montañas que podían ascenderse, ni porque sus condiciones fueran superiores a las de otras cordilleras, sino porque allí se desarrolló, durante los siglos XVIII y XIX, la tradición que terminó dando origen al montañismo moderno organizado como actividad deportiva, exploratoria y cultural.
La UIAA lo explica con una claridad poco habitual en su propia historia institucional. En su publicación sobre los primeros cincuenta años de la organización señala que, como la exploración de las montañas se desarrolló primero en los Alpes, el término alpinism fue adoptado rápidamente para describir aquella nueva actividad.
Cuando los montañistas comenzaron posteriormente a afrontar los Andes y el Himalaya aparecieron los términos andinismo e himalayismo. Sin embargo, la organización reconoce que finalmente se consideró más práctico recuperar el término original como denominación general. Y hace una aclaración especialmente importante: esa utilización universal de la palabra alpinismo no pretendía atribuir ninguna supremacía a los Alpes ni a sus montañistas.
Esta explicación es fundamental porque permite entender el problema sin convertirlo en una discusión sobre qué cordillera es mejor.
Alpinismo se convirtió en una denominación internacional por una razón histórica, no porque los Alpes tengan una condición geográfica que los convierta en la montaña por excelencia.
Es, en cierto modo, una denominación de origen que terminó generalizándose.
¿Entonces alpinismo y montañismo son lo mismo?
No exactamente.
En el uso contemporáneo existe una superposición importante entre ambos términos, pero no son necesariamente equivalentes.
La propia UIAA distingue actualmente el alpinismo como una práctica con características históricas, culturales y éticas particulares. En 2019, la UNESCO reconoció el alpinismo como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, describiéndolo como el arte de ascender cumbres y paredes de montaña utilizando las propias capacidades físicas, técnicas e intelectuales, afrontando obstáculos naturales y asumiendo riesgos de manera responsable.
Esto es importante porque muestra que alpinismo no significa simplemente “cualquier cosa que se haga en una montaña”.
Tiene una tradición, una cultura, una ética y una comunidad propia. -¿Esa cultura, ética y comunidad propia se está viendo alterada por el turismo de altura? a juzgar por las imágenes, sobre todo en los Ochomiles parecería que sí, pero será tema de otro texto-
Por eso resulta más correcto decir que el alpinismo es una tradición particular dentro del universo más amplio del montañismo, aunque en determinados contextos la palabra también se utilice como equivalente general de la actividad.
Y esta diferencia explica buena parte de la confusión terminológica.
Andinismo: la palabra de los Andes
Si alpinismo nació en los Alpes, era lógico que cuando los montañistas comenzaron a desplazarse hacia otras grandes cordilleras aparecieran denominaciones geográficas propias.
Así surgió andinismo para referirse específicamente a la actividad montañista desarrollada en los Andes.
No se trata de un alpinismo de segunda categoría ni de una adaptación local de una palabra europea.
Es una denominación perfectamente lógica desde el punto de vista geográfico y cultural.
Un montañista que asciende técnicamente una montaña de los Andes puede ser, al mismo tiempo:
montañista, andinista y alpinista, dependiendo del sentido en que utilicemos cada palabra.
Si queremos destacar la cordillera en la que desarrolla su actividad, andinismo es el término más específico.
Si hablamos de la actividad de manera general, montañismo resulta más amplio.
Y si utilizamos alpinismo en el sentido internacional que adquirió históricamente, también puede aplicarse.
No son necesariamente categorías excluyentes.
Himalayismo: otra denominación geográfica
Con himalayismo ocurre algo semejante.
La palabra identifica la actividad montañista desarrollada en el Himalaya.
Pero tampoco significa exclusivamente ascender montañas de más de 8.000 metros.
Esta distinción es importante.
El Himalaya contiene numerosas montañas que no alcanzan los 8.000 metros, por lo que himalayismo y ochomilismo no son sinónimos.
El ochomilismo es un concepto mucho más específico, relacionado con las montañas de más de 8.000 metros y, particularmente, con la tradición de las catorce cumbres que durante décadas han sido consideradas los catorce ochomiles principales.
La propia UIAA trata separadamente la cuestión de las cumbres de 8.000 metros y su clasificación.
Por lo tanto:
un himalayista no necesariamente es un ochomilista.
Y un ochomilista tampoco tiene por qué desarrollar toda su actividad exclusivamente en el Himalaya, porque dos de los catorce ochomiles se encuentran en el Karakórum.
¿Y dónde queda el estilo alpino?
Aquí aparece otra confusión frecuente.
Alpinismo y estilo alpino no significan lo mismo.
El primero es una actividad y una tradición montañista.
El segundo describe una determinada manera de realizar una ascensión.
El llamado estilo alpino se caracteriza, en términos generales, por una progresión ligera y autosuficiente, en contraste con las grandes expediciones de estilo pesado o expedicionario. Pero no debe confundirse la palabra alpino de esta expresión con el lugar geográfico de los Alpes.
De hecho, la UIAA utiliza expresamente el concepto de alpine-style climbing para hablar de una forma de ascensión que puede practicarse en grandes cordilleras fuera de los Alpes.
Por eso es perfectamente posible realizar una ascensión en estilo alpino en los Andes o en el Himalaya.
Aquí la palabra alpino ya no funciona como una referencia geográfica, sino como una referencia técnica y cultural a una determinada forma de escalar.
Pero entonces aparece una pregunta incómoda
Si las palabras alpinismo, andinismo e himalayismo nacieron para identificar actividades desarrolladas en cordilleras diferentes, ¿por qué una de ellas terminó funcionando como denominación internacional?
La respuesta está en la historia.
Los Alpes fueron el escenario en el que se consolidó el montañismo moderno europeo. Allí aparecieron los clubes alpinos, se desarrollaron técnicas, se escribieron relatos y manuales, se establecieron tradiciones y posteriormente se crearon instituciones internacionales.
El Alpine Club británico fue fundado en 1857, y durante la segunda mitad del siglo XIX surgieron numerosos clubes alpinos europeos.
Décadas más tarde, en 1932, se fundó en Chamonix la UIAA, cuyo nombre original fue precisamente Union Internationale des Associations d'Alpinisme. La propia historia de la organización muestra cómo aquella tradición alpina pasó a convertirse en una estructura internacional que terminó reuniendo asociaciones de numerosos países.
Es decir:
el término se internacionalizó junto con la propia institución y la tradición deportiva que había nacido en los Alpes.
Eso explica su enorme difusión.
Pero no convierte al alpinismo en el origen de toda relación humana con las montañas.
Y aquí es donde la historia se vuelve todavía más interesante.
Mucho antes del alpinismo moderno ya se ascendían las grandes montañas de los Andes
Si hablamos de la historia del montañismo moderno como deporte, los Alpes ocupan un lugar central.
Pero si hablamos de la historia de los seres humanos llegando a las grandes alturas, la historia es muchísimo más antigua.
Los Andes proporcionan algunas de las evidencias arqueológicas más extraordinarias.
El caso del Llullaillaco, de 6.739 metros, es especialmente significativo.
En febrero y marzo de 1999 se realizaron investigaciones y excavaciones arqueológicas en el volcán. El Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta señala que el equipo estuvo integrado por arqueólogos y montañistas, y que el complejo arqueológico comprende estructuras asociadas a un camino que se extiende desde sectores inferiores de la montaña hasta las proximidades de la cumbre.
Las investigaciones dirigidas por Johan Reinhard y la participación de grandes especialistas como Constanza Cerutti y Christian Vitry, documentaron allí uno de los complejos arqueológicos de mayor altitud conocidos y estudiaron las evidencias relacionadas con las ceremonias incas de alta montaña. El Llullaillaco, con sus 6.739 metros, es considerado el sitio arqueológico de mayor altitud del mundo.
No estamos, por supuesto, ante “montañismo” en el sentido moderno del término.
No existía entonces el concepto de deporte de montaña que se desarrollaría siglos después en Europa.
Pero sí tenemos evidencia de personas que alcanzaron grandes alturas, recorrieron rutas de montaña y desarrollaron infraestructura y prácticas ceremoniales específicamente vinculadas con las cumbres.
Y eso obliga a establecer una distinción fundamental:
una cosa es el origen del montañismo moderno como actividad deportiva organizada y otra muy diferente es el origen de las ascensiones humanas a las montañas.
Confundir ambas historias conduce a conclusiones equivocadas.
¿Podemos decir entonces que los incas practicaban montañismo?
La respuesta debe ser cuidadosa.
No sería correcto trasladar sin más una categoría deportiva moderna a una sociedad prehispánica y afirmar que los incas “practicaban montañismo” en el mismo sentido en que lo hacemos hoy.
Las ascensiones relacionadas con los santuarios de altura tenían un carácter religioso, político y ceremonial. Las investigaciones del Llullaillaco muestran precisamente esa dimensión ritual y la relación entre las peregrinaciones, las montañas sagradas y las ceremonias de Capacocha.
Pero tampoco sería correcto ignorar esas ascensiones simplemente porque su motivación no fuera deportiva.
Desde una perspectiva histórica, demuestran que la capacidad humana para desplazarse y alcanzar grandes alturas es muy anterior al nacimiento del alpinismo como disciplina moderna.
La diferencia está en el significado que cada sociedad otorgó a la montaña.
Para el montañista moderno puede ser aventura, exploración, deporte, desafío personal o conocimiento.
Para las sociedades andinas prehispánicas, determinadas montañas podían formar parte de un paisaje sagrado y de un sistema religioso y político.
La montaña era la misma.
La relación cultural con ella, diferente.
Entonces, ¿cuál es el término correcto?
Llegados a este punto, probablemente la respuesta más honesta sea que no existe una única palabra correcta para todas las situaciones.
Depende de qué queremos destacar.
Montañismo
Es el término más amplio y geográficamente neutral para referirnos a la actividad montañista en general.
Alpinismo
Es una tradición histórica nacida en los Alpes que posteriormente adquirió un uso internacional y que posee características culturales, técnicas y éticas propias.
Andinismo
Es la denominación específica para la actividad montañista desarrollada en los Andes. Pero podríamos hacer una salvedad como dijo Federico Reichert “el andinismo difiere especialmente del alpinismo por la magnitud de la montaña y la convivencia con las gentes que habitan sus laderas, dándole una riqueza a la excursión que no encuentra paralelo en otras cordilleras”.
Himalayismo
Es la denominación específica para la actividad montañista desarrollada en el Himalaya.
Ochomilismo
Es un término mucho más específico, relacionado con las ascensiones de las grandes cumbres de más de 8.000 metros y, especialmente, con la tradición de los catorce ochomiles, hoy tal vez devenido en turismo de grandes alturas, una especialidad que prácticamente ha sido acaparada por las agencias de viaje y de los países responsables de otorgar los permisos de ascensiones.
Estilo alpino
No es otra denominación geográfica de la actividad, sino una forma particular de realizar una ascensión.
Una misma ascensión puede tener varios nombres
Un ejemplo permite entenderlo mejor.
Supongamos que un montañista asciende la pared sur del Aconcagua llevando consigo todo su equipo y realizando la ascensión de manera ligera y autosuficiente.
Podríamos decir que está haciendo:
montañismo, porque desarrolla una actividad de montaña;
andinismo, porque lo hace en los Andes;
alpinismo, si utilizamos el término en su sentido internacional para una actividad técnica de alta montaña;
y estilo alpino, si la ascensión responde a las características de ese estilo.
Ninguna de esas expresiones necesariamente contradice a las otras.
Cada una está describiendo un aspecto diferente.
las tres palabras pueden ser correctas, pero cada una cuenta una parte diferente de la historia.
Montañismo habla de la actividad.
Andinismo habla de los Andes.
Himalayismo habla del Himalaya.
Alpinismo habla de una tradición nacida en los Alpes que terminó adquiriendo dimensión internacional.
Y quizá lo más importante sea recordar que ninguna palabra tiene el monopolio de la montaña.