Sábado, 8 de Agosto del 2026

La montaña, la cumbre y el camino

La montaña, la cumbre y el camino

Hay una frase de Anatoli Boukreev que, con el paso del tiempo, parece adquirir una vigencia cada vez mayor:

«Cada vez hay más gente dispuesta a pagar un precio en dinero para tener una oportunidad, pero no pagan el necesario precio físico de la preparación, el gradual desarrollo del espíritu y de las condiciones físicas, desarrollo que se alcanza escalando montañas más bajas, pasando de lo sencillo a lo complicado y finalmente a los ochomiles. Me pregunto si acaso no existe sentimiento de logro en un proceso semejante, o si es que la escalada en altitud ha cambiado para siempre debido al uso del oxígeno, a los adelantos tecnológicos y a la proliferación de servicios que permiten escalar cada vez más alto a gente insuficientemente preparada».

Boukreev murió en 1997, mucho antes de que las redes sociales, la meteorología de alta precisión, las comunicaciones satelitales y la profesionalización de las expediciones comerciales transformaran definitivamente la manera de subir las grandes montañas. Sin embargo, su reflexión plantea una cuestión que sigue abierta: ¿qué estamos valorando realmente cuando hablamos de una hazaña montañista? ¿La cumbre, el tiempo empleado, la dificultad, el riesgo o el proceso que llevó al montañista hasta allí?

Su preocupación no parecía estar dirigida exclusivamente contra el dinero, la tecnología o el oxígeno. Lo que cuestionaba era algo más profundo: la posibilidad de que una persona pudiera llegar a una montaña mucho más difícil sin haber atravesado previamente el proceso que tradicionalmente formaba a un montañista. Para Boukreev, subir montañas más bajas, aprender progresivamente, equivocarse, adquirir experiencia, desarrollar las condiciones físicas y, sobre todo, formar el espíritu eran parte del propio logro. La cumbre no era solamente un lugar al que llegar; era la consecuencia de haberse convertido en alguien capaz de llegar.

Una montaña cada vez más asistida

En las últimas décadas, el Himalaya ha experimentado una transformación enorme. Se habla con frecuencia de la «democratización» de la montaña, pero la palabra no parece apropiada. El Everest y los grandes ochomiles no se hicieron económicamente accesibles para cualquiera. Al contrario: intentar una de esas montañas continúa requiriendo una cantidad considerable de dinero.

Lo que ocurrió fue otra cosa: la montaña se comercializó, se profesionalizó, se rodeó de una infraestructura capaz de resolver muchos de los problemas que antes recaían directamente sobre el alpinista. Porteadores y sherpas transportan cargas, montan campamentos, instalan cuerdas fijas, preparan pasos sobre grietas, colocan escaleras y colaboran en la logística de la expedición. A esto se suman comunicaciones permanentes, equipos cada vez más sofisticados y pronósticos meteorológicos capaces de identificar con una precisión desconocida para generaciones anteriores las ventanas favorables y la llegada de tormentas.

Nada de eso significa que el Everest o los demás ochomiles  hayan dejado de ser peligrosos. Una avalancha puede matar hoy igual que hace cincuenta años y una caída sigue siendo una caída. Pero riesgo y dificultad no son exactamente la misma cosa. La montaña puede conservar buena parte de su peligro mientras una parte de las dificultades que antes debía resolver individualmente el montañista son asumidas por una estructura colectiva.

El oxígeno suplementario es quizás el ejemplo más evidente. Respirar oxígeno artificial a gran altura no elimina el frío, el viento, las pendientes ni las grietas, pero modifica sustancialmente la condición fisiológica en la que trabaja el organismo. Por eso no es indiferente ascender a 8.000 metros respirando el aire ambiente o hacerlo recibiendo oxígeno suplementario. La altitud es la misma; la experiencia fisiológica no.

Y aquí conviene establecer una definición sencilla pero importante. Cuando hablamos de una ascensión «sin oxígeno suplementario», deberíamos entender que el montañista no utiliza oxígeno artificial en ningún momento desde que abandona el campo base hasta la cumbre y desde la cumbre de regreso al campo base. No utilizarlo solamente durante el ataque final, ni dejar de usarlo por encima de determinada altura, ni utilizarlo para dormir y prescindir de él durante la cumbre. Si hubo oxígeno suplementario en algún momento de la ascensión, entonces, bajo esta definición, la ascensión fue con oxígeno.

Pero tampoco debemos confundir «sin oxígeno» con «sin ayuda». Un montañista puede realizar toda una ascensión sin oxígeno suplementario y, sin embargo, utilizar cuerdas fijas, campamentos instalados, rutas equipadas, porteadores, sherpas y una enorme estructura logística. El oxígeno es una variable; la autonomía y el estilo son otras.

Messner y el valor del cómo

En este punto aparece inevitablemente Reinhold Messner. Su importancia en la historia del alpinismo no se explica simplemente por la cantidad de ochomiles que consiguió. Messner modificó la pregunta.

En 1978, junto con Peter Habeler, demostró que el Everest podía ascenderse sin oxígeno suplementario. Dos años después realizó la primera ascensión en solitario del Everest, también sin oxígeno. Pero su verdadera revolución fue más amplia: nuevas rutas, ascensiones solitarias, grandes paredes, estilo alpino y una concepción de la montaña en la que la autonomía y la manera de ascender eran inseparables del resultado.

Messner no solamente quería saber si podía llegar a la cumbre. Le interesaba saber qué podía hacer un ser humano reduciendo al mínimo aquello que la montaña podía hacer por él. En su concepción, el estilo no era un detalle posterior a la hazaña. Era parte de la hazaña.

Por eso su legado no puede medirse únicamente contando cumbres. La importancia de Messner está también en que modificó los criterios con los que se juzgaban las ascensiones. Después de él, ya no bastaba preguntar quién había llegado arriba. Había que preguntar cómo.

Nims Purja: otra respuesta a la misma montaña

Nirmal Purja representa una respuesta muy diferente. Y precisamente por eso resulta tan interesante colocarlo frente a Messner y volver, desde allí, a la pregunta de Boukreev.

Nims poseía condiciones físicas excepcionales y una enorme capacidad para trabajar bajo presión. Su carrera militar, primero en los Gurkhas y posteriormente en el Special Boat Service británico, le proporcionó una formación que seguramente contribuyó a su disciplina, resistencia, capacidad de ejecución y tolerancia frente a situaciones extremas. Pero una extraordinaria preparación militar no equivale automáticamente a una extraordinaria preparación técnica como escalador. Son capacidades diferentes.

El proyecto que convirtió a Nims en una figura mundial fue el de los catorce ochomiles en siete meses. Lo completó en 2019 en 189 días, utilizando oxígeno suplementario y apoyándose en una estructura logística extraordinaria. Su hazaña fue formidable: no porque hubiera encontrado catorce nuevas dificultades técnicas, sino porque llevó la velocidad, la resistencia y la capacidad de organización de una expedición de gran altitud a un nivel que nadie había alcanzado.

La diferencia con Messner vuelve a aparecer aquí. Messner intentaba reducir la infraestructura y aumentar la autonomía; Nims utilizó al máximo las posibilidades que ofrecían la tecnología, la logística y los equipos modernos para aumentar la velocidad y la eficiencia. Uno convirtió la reducción de medios en parte de la hazaña. El otro convirtió la utilización extrema de los medios disponibles en una herramienta para alcanzar un objetivo extraordinario.

Ninguno de esos caminos es necesariamente falso. Pero son caminos diferentes.

Lo que Nims sí demostró

Sería injusto, sin embargo, reducir a Nims a «el hombre que subió catorce ochomiles con oxígeno». Su trayectoria posterior obliga a matizar seriamente esa valoración.

En 2021 formó parte de la primera ascensión invernal del K2 y alcanzó la cumbre sin oxígeno suplementario. Posteriormente emprendió un nuevo desafío: completar los catorce ochomiles sin utilizar oxígeno suplementario. Guinness World Records reconoce oficialmente ese logro, completado entre 2022 y 2024.

Ese dato tiene un peso enorme y no debería minimizarse. Demuestra que su extraordinaria capacidad para la altura no dependía exclusivamente del oxígeno utilizado durante el proyecto de 2019. Nims fue capaz de regresar una y otra vez a la zona de mayor exigencia fisiológica del planeta y realizar ascensiones sin oxígeno suplementario.

Sin embargo, incluso aquí es necesario conservar la distinción que hemos establecido. «Sin oxígeno» responde a una pregunta fisiológica concreta; no responde por sí solo a la pregunta del estilo. Una ascensión puede hacerse sin oxígeno y continuar dependiendo de cuerdas fijas, campamentos establecidos, sherpas, porteadores y una infraestructura considerable. Por eso, reconocer el logro de Nims sin oxígeno no obliga a equipararlo automáticamente con el alpinismo de Messner.

Lo correcto es reconocer cada cosa por lo que es.

Nims demostró una capacidad fisiológica extraordinaria para la altura, una resistencia excepcional, una enorme capacidad de repetición y una capacidad organizativa fuera de lo común. Messner demostró además que era posible llevar la autonomía, la dificultad técnica y el estilo a un terreno completamente diferente.

La resistencia también tiene matices

Hay otra cuestión que merece atención: la fortaleza mental.

Es evidente que Nims poseía una fortaleza psicológica excepcional. Pero una cosa es concentrarse y sostener un esfuerzo extremo durante horas o algunos días, y otra es administrar psicológicamente una expedición prolongada durante semanas o meses. El alpinismo de largo aliento exige convivir con la incertidumbre, el mal tiempo, la fatiga acumulada, el sueño deficiente, la frustración y la posibilidad de que después de semanas de esfuerzo haya que regresar sin haber alcanzado la cumbre.

En una expedición prolongada no alcanza con resistir. Hay que administrar. Saber cuándo avanzar, cuándo esperar, cuándo retroceder y cuándo abandonar.

La fortaleza mental no consiste solamente en continuar. También puede consistir en reconocer que continuar ya no tiene sentido.

Pero aquí la historia de Nims introduce una contradicción interesante. Después de ascender Gasherbrum II sin oxígeno, decidió intentar Broad Peak, una montaña que inicialmente no formaba parte del plan de esa expedición. Según los reportes, al hacer sus cálculos comprendió que, si conseguía Broad Peak solo le quedaria por delante el Cho Oyu, para completar una segunda vuelta a los catorce ochomiles sin oxígeno.

Broad Peak terminó siendo fatal. Nims murió en una avalancha durante ese intento.

No podemos afirmar que tomó una mala decisión porque no conocemos todos los elementos con los que contó en aquel momento ni las evaluaciones exactas de las condiciones. Pero sí podemos observar algo: había decidido asumir un nuevo riesgo para perseguir un objetivo que ya no necesitaba para demostrar que podía ascender los catorce ochomiles. Era un nuevo desafío, nacido de la posibilidad de convertir una hazaña extraordinaria en otra todavía mayor.

Y ahí la frase de Boukreev vuelve a aparecer, aunque de una manera diferente. ¿En qué momento la ambición deja de ser una virtud y comienza a modificar la relación del montañista con el riesgo? No tenemos una respuesta definitiva. Probablemente tampoco la tenga nadie que no haya estado en esa situación.

Dos maneras de ser extraordinario

Quizás por eso la comparación entre Messner y Purja no debería plantearse preguntando quién fue «mejor».

Messner fue extraordinario porque cambió la forma de entender el alpinismo. Su obra demostró que la dificultad, la autonomía, el estilo y la experiencia personal podían tener tanto valor como la cumbre misma.

Purja fue extraordinario de otra manera. Demostró que un ser humano con una preparación física excepcional, una enorme fortaleza psicológica y una estructura logística de primer nivel podía llevar la velocidad, la repetición y la capacidad de ejecución en los ochomiles hasta límites desconocidos. Y posteriormente demostró que podía regresar a esas montañas y completar los catorce sin oxígeno suplementario.

Hay, por lo tanto, un terreno en el que ambos se acercan mucho más de lo que a primera vista parece: los dos poseían una extraordinaria capacidad fisiológica y psicológica para desenvolverse en grandes alturas y los dos llevaron esa capacidad mucho más allá de lo habitual. La diferencia está en qué hicieron con ella y qué entendieron como el centro de la hazaña.

Messner buscó reducir la montaña a una relación cada vez más directa entre el hombre y la pared, el hielo, la altura y sus propios recursos. Purja utilizó al máximo la organización colectiva, la tecnología y la infraestructura disponible para conseguir objetivos de una escala extraordinaria. Uno buscó autonomía; el otro, eficiencia.

No son caminos equivalentes, pero tampoco son necesariamente caminos incompatibles.

Volver a Boukreev

Y entonces regresamos a Boukreev.

Su pregunta no era solamente si alguien podía llegar a un ochomil sin estar suficientemente preparado. Su preocupación era más profunda: si el proceso gradual de formación —subir montañas más bajas, pasar de lo sencillo a lo complicado, aprender a convivir con la incertidumbre, desarrollar las condiciones físicas y formar el espíritu— estaba perdiendo valor frente a la posibilidad de comprar una oportunidad de llegar directamente a la cima.

Messner parece responderle desde un extremo: la montaña debe exigirte que seas capaz de resolverla con la mayor autonomía posible.

Purja responde desde otro: la preparación humana puede combinarse con tecnología, logística y organización para conseguir cosas que antes parecían imposibles.

Y quizá ahí esté la verdadera discusión del montañismo contemporáneo.

No si una cumbre cuenta o no cuenta. No si un récord es válido o inválido. No si alguien merece o no el título de gran montañista.

La pregunta es qué estamos midiendo cuando decimos que una persona ha realizado una gran hazaña en una montaña.

Podemos medir la altura, la velocidad, el número de cumbres, el tiempo empleado, la utilización o no de oxígeno, la dificultad técnica, la autonomía, la exposición, la capacidad de soportar el esfuerzo o la capacidad de organizar una expedición.

Todas son medidas legítimas. Pero ninguna, por sí sola, cuenta toda la historia.

Porque una persona puede llegar a la misma cumbre que otra y haber vivido una experiencia completamente diferente.

Tal vez esa sea la razón por la que la frase de Boukreev continúa siendo tan incómoda. Nos obliga a mirar más allá de la fotografía de la cumbre y preguntarnos qué ocurrió antes de que esa fotografía fuera tomada.

¿La montaña fue resuelta por el montañista o por todo el sistema que lo acompañó?

¿La tecnología le permitió hacer más o le quitó una parte del desafío?

¿El oxígeno suplementario modificó solamente la fisiología o también modificó la naturaleza del esfuerzo?

¿La velocidad hizo más extraordinaria la ascensión o simplemente cambió aquello que estábamos midiendo?

Y, sobre todo, ¿qué valor tiene el proceso que conduce a la cumbre?

Quizás Messner y Purja representen dos respuestas diferentes a una misma montaña. Uno mostró hasta dónde podía llegar el ser humano cuando reducía al mínimo la ayuda externa y hacía del estilo parte esencial de la ascensión. El otro mostró hasta dónde podía llegar cuando combinaba una capacidad física y mental excepcional con todos los recursos que la época moderna podía poner a su alcance.

Los dos llegaron muy alto, llegaron de maneras diferentes y solo uno llego a viejo.

En última instancia, esa diferencia es justamente la que Boukreev nos invita a no olvidar, porque quizá el verdadero logro no sea solamente llegar a la cumbre.

Quizá también sea aquello en lo que tuvimos que convertirnos para estar preparados para llegar hasta ella y volver.