Lunes, 3 de Agosto del 2026

Se fue Carlos "Pampero" COMESAÑA, quien disfruto la aventura de vivir y siempre estuvo del otro lado de la soga.

Se fue Carlos "Pampero" COMESAÑA, quien disfruto la aventura de vivir y siempre estuvo del otro lado de la soga.

Allá por 1956, en los Scouts de San Martín de Tours, conocí a varias personas que con el tiempo serian mis compañeros de montaña. Ya por entonces, aparecían los dones y las virtudes que los distinguirían en su vida: entre ellos estaba Carlos Comesaña.

La formación scout aportó lo suyo: espíritu de equipo y compañerismo, amor y respeto por la naturaleza, solidaridad y, al mismo tiempo, autoestima y auto suficiencia.

Muchos de aquel grupo original se distinguieron en su vida. Carlos Comesaña fue uno de ellos. Sin duda, uno de los grandes escaladores argentinos. De su técnica hablan sus logros, pero prefiero referirme al “espíritu” de este amigo y maestro de toda la vida.

Las montañas más agrestes sólo reciben a unos pocos hombres. Por lo general, ellos son personas obstinadas y decididas, solitarias e individualistas, acostumbradas a vencer los inmensos obstáculos que presentan la naturaleza y la misma condición humana. Por ello, en muchos casos, hasta se los tilda de “egoístas”.

Sin embargo, una de las virtudes que distinguió a Carlos de otros hombres de montaña fue precisamente su “generosidad”, que lo llevó a compartir con todos sus conocimientos en la técnica de escalar, sus apreciaciones e informaciones de los viajes que hizo a la zona del Hielo Continental, en donde conoció montañas sin nombre y ubicó aquellas que sí lo tenían, pero cuyo paradero era desconocido para intriga de los hombres, y aquellos apasionados de los descubrimientos y de las conquistas.

Carlos fue un hombre de una acerada tenacidad. Lo he visto ante desafíos que otros hubieran cerrado los ojos para ni siquiera imaginarlos; pero, para él, eran la adrenalina que despertaba su instinto de lucha y sed de victoria. Los logros que ha tenido en montaña este hombre de aptitudes físicas normales, no hubieran sido posibles sin ese poderoso viento interior que empujaba todo lo demás hacia las metas y las cumbres que lo desafiaban.

Tuvo un apodo que lo personificaba perfectamente: “Pampero”. Nunca podia quedarse quieto, siempre que alcanzaba una meta, estába yendo hacia el próximo desafío.

Sin duda, un gran maestro que supo respetar a Dios y también a los hombres, a los que jamás abandonó, y supo también del eterno agradecimiento a aquellos que lo ayuda ron a salvarse en situaciones de extrema delicadeza entre una vida y la otra.

La “Aventura de Vivir”. Unos la buscan tranquila y remansa como algunos lindos arroyos; otros, rugientes y vigorosas, como los ríos de montaña. Carlos era de estos últimos.

Una gran oportunidad es esta de poder reconocer a Carlos, la amistad que me brindó, las enseñanzas que  recibi y que han contribuido a que mi vida me sea muy grata. Gracias.

 

Por Martin Donovan 

Comenzó a escalar en 1954 con el grupo scout San Martin de Tours en Bariloche y Villa la Angostura (López, Tronador, Catedral, Belvedere, etc). Compartió con Comesaña la cumbre del Gorra Blanca por el filo Sudeste y la tentativa a la entonces virgen Aguja Guillaumet en enero de 1964. 6 GRANDES HISTORIAS NARRADAS POR SUS PROTAGONISTAS En 1965, formó parte del grupo de apoyo a la cordada Comesaña-Fonrouge a la Supercanaleta del Fitz Roy y, en 1969, realizó con Fonrouge, la primera al Monte Francés en la Isla Amberes en la Antártida Argentina, rebautizado Tte. 1°Ibáñez.

 

Conocí a Carlos en el refugio Frey del Catedral. Él, junto con José Luís Fonrouge se preparaban para la ascensión a la “súper canaleta” del Fitz Roy. Nosotros, tres amigos que veníamos de hacer nuestras primeras ascensiones en el López guiados por Carlos Sontag, habíamos decidido que ya era hora de empezar a andar solos y elegimos la ruta normal de la Torre Principal, para hacerlo.

Carlos y José Luís, por su lado, inauguraban una ruta en la pared oeste de “La Torre” y pensaban vivaquear en la mitad, a modo de entrenamiento. Nos ofrecieron hacer juntos la aproximación, y al pie de la pared, nos darían instrucciones sobre nuestra ruta. Al día siguiente emprendimos juntos la marcha, y en el col al norte de la Torre nos separamos. Ya no nos vimos al regresar porque nosotros bajamos del refugio al día siguiente y ellos aún no habían vuelto.

Nos volvimos a encontrar con Carlos en el tren, a nuestro regreso a Buenos Aires. Viajamos juntos, comentamos las respectivas ascensiones y al término del viaje ya habíamos convenido para la temporada siguiente una expedición al Cuerno Principal del Paine que en ese entonces no había sido escalado. Destaco que esta posibilidad nunca la hubiéramos considerado a nuestro alcance y sólo se pudo concretar a partir de su persuasivo entusiasmo.

Traigo a colación este episodio para transparentar la pasión de Carlos por la montaña que lo lleva a querer contagiársela a todos cuanto lo oyen.

Voy a centrarme en esta faceta de su personalidad, porque este solo aspecto lo convierte de por si en un referente ineludible cuándo se habla de “montañismo”, más allá de sus muchos e importantes logros en el terreno de las ascensiones.

A fuerza de ser breve, dejaré de lado otras consideraciones sobre sus virtudes, que las tiene, pero las resumiré en una sola frase: Carlos es por, sobre todo, una buena persona. Pero mi intención es resaltar su condición de “apóstol de la montaña”. En ese aspecto, fue un hombre convencido que tener “el fuego sagrado” de la montaña es un privilegio que obliga a quien lo tiene. Por eso, no sólo ha luchado para que no se apague en él, sino que ha pasado su vida descubriéndolo en los demás, alentándolo, posibilitando su desarrollo, empujando a jóvenes y no tanto a buscar cumbres.

Un “hombre de montaña” en el verdadero sentido del término, para quien la “escalada” no es un fin sino tan sólo un medio. Las “cumbres vírgenes” estuvieron siempre detrás de su accionar y todo lo que lleva a alcanzarlas era parte de ellas. La búsqueda de objetivos cada vez más escasos, cada vez más lejanos, la exploración, los descubrimientos, la planificación, la resolución de los problemas logísticos en una primera etapa. Ya en el terreno, la camaradería, el compartir situaciones difíciles que generan lazos perdurables, la vida en contacto con la naturaleza, la lucha contra los elementos es lo que para él llenan de contenido el alcanzar una cumbre.

Llevó a la montaña a innumerable cantidad de chicos, fue maestro de varias generaciones de montañeros, colaboró en la organización de un sin número de expediciones en las que él no participaría por razones profesionales. Embajador de nuestra cordillera, no hubo expedición internacional a nuestras cumbres más famosas en las que él no haya intervenido recibiendo a sus integrantes, trabando amistades, asesorándolos, colaborando. Sobrevolo la cordillera en busca de cumbres desconocidas, organizando expediciones chilenas, españolas, argentinas, italianas, no importa de dónde, a lugares remotos e inaccesibles.

Sin duda Carlos, como todos los que sentimos la montaña, le debe muchísimo a ella. Pero también sin duda, el montañismo le debe muchísimo a él.

Pasé con él muchas noches en la montaña: en puestos, en chozas, al aire libre, en refugios, en carpas, en vivacs, en cuevas de hielo, algunas muy buenas e inolvidables, otras no tanto, también inolvidables. Pero de todas las aventuras que vivimos juntos, la que marco para siempre mi relación con él fue la siguiente:

Caminábamos por la cuenca de alimentación del glaciar Marconi en dirección a la pared norte del cerro Rincón. Si bien habíamos salido de la cueva en la que habíamos pernoctado todavía de noche, ya alrededor de las 10:00 de la mañana, el sol, en un cielo sin una nube, hacía de las suyas ablandando los puentes y tapones de nieve sobre las grietas mayormente invisibles. Carlos me precedía un largo de soga adelante. Sólo íbamos nosotros dos. De pronto un fuerte tirón en la cintura me empujó de cara a la nieve y me arrastró en una carrera interminable. Finalmente me detengo desorientado. Un pequeño agujero en la nieve dos metros adelante y en donde desaparecía la soga, me hace comprender que Carlos estaba 28 metros más abajo, en la profundidad de una grieta, en las entrañas del glaciar. Lo que pasó por la cabeza de cada uno durante los interminables momentos que tardamos antes de poder comunicarnos, sólo lo sabe cada uno de nosotros. Cuando lo hicimos, la calma y la sangre fría para dar sus instrucciones desde una situación tan desesperada (suspendido en el aire, colgaba de la cintura cabeza abajo, en épocas que no existían los arneses, de cara a un abismo insondable que se perdía en la oscuridad) posibilitaron el rescate. Después, al cabo de más de 2 horas de nervios y esfuerzos, el abrazo emocionado sobre el glaciar.

Años más tarde y como suele suceder, la vida nos había separado mucho. Él vivía en Brasil yo en Buenos Aires, cada uno con sus problemas de familias, chicos, profesiones, etc. Con suerte nos veíamos una vez al año. En ese entonces yo enfrentaba en una intervención quirúrgica muy delicada, cuando recibí un llamado de Carlos. “No te olvides”, me dijo, “que del otro lado de la soga todavía estoy yo”. Y estaba. Todavía estoy vivo.

 

Por Ismael Palma

Fue un frecuente aficionado a la montaña. Desde la casa familiar de veraneo en el Lago Mascardi realizó ascensos al López, Catedral y Tronador. Participó con Comesaña en enero-febrero de 1968, del primer cruce del Hielo Sur desde el Paso del Viento hasta el Nunatak Viedma y del primer ascenso de la más alta de las Agujas del Túnel, rebautizada T-48. Participó en 1969 con Fonrouge, Donovan, Fragueiro y Ruiz Luque, en la expedición a la Isla Amberes ascendiendo cimas vírgenes de la isla. En enero-febrero de 1971, logró con Comesaña la primera ascensión del cerro Rincón.

 

Fotografía:

Carlos descansando antes del comienzo de las dificultades durante la exploración de la ruta de la aguja Guillaumet. Expedición del C.A.B.A al Gorra Blanca y a la aguja Guillaumet, Santa Cruz 1963/1964.